Y todo se termina. Todo llega a su fin. Lo
que hace poco era verano ahora empieza a ser el triste otoño, ese que da paso
al frío invierno.
Son días más
grises, más fríos, y esas sensaciones son las que te hacen estar en la cama
cinco o diez minutos más cada mañana. Y aunque nos cueste, acabamos por
levantarnos y ver que ya no está. Que lo que eran días de sol, calor y luz
ahora es todo lo contrario, es como si nos faltara algo que sólo el verano nos
da, y que también no quita.
Una sensación de
nostalgia que recorre nuestra venas y hace que lo que antes era nieve sea ahora frío lo que antes era navidad y familia sea ahora mirar ese asiento vacío y
pensar en quien falta. Puede que el invierno no tenga la culpa y seamos
nosotros y nuestra madurez la que rompe y enfría nuestra felicidad.
Puede que la
nostalgia no sea hacia un verano perfecto sino hacia una infancia pasada donde
antes todo era ilusión y magia. Ilusión y magia que te regalaba el invierno y
que poco a poco fue convirtiéndose en un anhelo de aliento frío en un cristal
empañado de recuerdos.
Pero la única
verdad es que el verano vino para irse al igual que algún día lo haremos todos
nosotros, con la esperanza de que cuando seamos esa silla vacía nos recuerden
con ilusión, magia y ese punto de luz y calor que sólo sabe dar el verano.
Mientras tanto, simplemente, intentaremos hacer del invierno un verano más frío.

No hay comentarios:
Publicar un comentario